Ama al projimo…

Escrito por mariaelena en General el 06-11-2013

0

y quién es mi prójimo?…

NIÑOS POR LA VIDA CELEBRA SUS 18 AÑOS

Escrito por mariaelena en General el 29-05-2013

0

ESTE 2 DE JUNIO

ESTAMOS DE FIESTA

LO CELEBRAMOS CON LOS NIÑOS DE AYER, DE HOY,

Y DE SIEMPRE…..

TODOS PUEDEN PARTICIPAR. COMUNICATE CON NOSOTROS… 0981962083 HUGO Y ELENA…. ESTAS INVITADO…feliz cumple

AÑO DE LA FE

Escrito por mariaelena en General el 24-10-2012

0

PAPA – BEATO JUAN  XXIII

PAPA PABLO VI

PAPA BENEDICTO XVI

————————————————————————————————————————————

CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PORTA FIDEI

DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI

CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE

 

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

 

POR LA VIDA

Escrito por mariaelena en General el 24-10-2012

0

 

HECHOS DE LOS APÓSTOLES

CAPITULO 2

Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.

Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos.

Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.

 

 

42Ha oje’óimi tapiaite hikuái umi temimondo kuéra ombo’évape; oiko peteî ñe’ême oñondive kuéra, ijaty hikuái oñembo’e haguã ha omboja’o haguã mbujape.
43 Opavave yvypóra oñemondyipa ohechágui heta hetave mba’e porã ha techapyrã ojapóva umi temimondo kuéra Jerusalénpe.

44 Ha umi ogueroviáva oiko oñondivepa peteî ñe’ême ha omboja’o opa mba’e oguerekóva.

45 Ohepyme’ê hikuái ijyvy kuéra ha opa mba’e oguerekóva guive ha hepykuére oñemboja’o oikotevêháicha.

46 Ha oje’ói hikuái opa árape tupaópe, kyre’ÿme ha peteî ñe’ême; ha omboja’o pe mbujape hóga kuéra rupi, ha okaru oñondive tory ha py’aguapýpe. 

47 Ha omomba’e guasu Tupãme; ha maymáva oîva upe tetãme oguerohory ichupe kuéra. Ha ko’ê ko’êre Ñandejára omboheta hetave pe Iglésiape umi oñepysyrõvape.

DONES Y VIRTUDES

Escrito por mariaelena en General el 24-10-2012

0

PRIMERA SECCIÓN
LA VOCACIÓN DEL HOMBRE:
LA VIDA EN EL ESPÍRITU

CAPÍTULO PRIMERO
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

ARTÍCULO 7
LAS VIRTUDES

1803 “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp4, 8).

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.

«El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (San Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, oratio  1).

I. Las virtudes humanas

1804 Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.

Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino.

Distinción de las virtudes cardinales

1805 Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama “cardinales”; todas las demás se agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. “¿Amas la justicia? Las virtudes son el fruto de sus esfuerzos, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza” (Sb 8, 7). Bajo otros nombres, estas virtudes son alabadas en numerosos pasajes de la Escritura.

1806 La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita sus pasos” (Pr 14, 15). “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración” (1 P 4, 7). La prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe santo Tomás (Summa theologiae, 2-2, q. 47, a. 2, sed contra), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.

1807 La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo” (Col4, 1).

1808 La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal 118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

1809 La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para seguir la pasión de su corazón” (cf Si 5,2; 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena” (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”. Debemos “vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente” (Tt 2, 12).

«Nada hay para el sumo bien como amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. [...] lo cual preserva de la corrupción y de la impureza del amor, que es los propio de la templanza; lo que le hace invencible a todas las incomodidades, que es lo propio de la fortaleza; lo que le hace renunciar a todo otro vasallaje, que es lo propio de la justicia, y, finalmente, lo que le hace estar siempre en guardia para discernir las cosas y no dejarse engañar subrepticiamente por la mentira y la falacia, lo que es propio de la prudencia» (San Agustín, De moribus Ecclesiae Catholicae, 1, 25, 46).

Las virtudes y la gracia

1810 Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Con la ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso es feliz al practicarlas.

1811 Para el hombre herido por el pecado no es fácil guardar el equilibrio moral. El don de la salvación por Cristo nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes. Cada cual debe pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y guardarse del mal.

II. Las virtudes teologales

1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

La fe

1814 La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo [...] vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).

1815 El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Concilio de Trento: DS 1545). Pero, “la fe sin obras está muerta” (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

1816 El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos [...] vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo [...] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

La esperanza

1817. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. “Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa” (Hb10,23).  “El Espíritu Santo que Él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna” (Tt 3, 6-7).

1818 La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

1819 La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham en las promesas de Dios; esperanza colmada en Isaac y purificada por la prueba del sacrificio (cf Gn 17, 4-8; 22, 1-18). “Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4, 18).

1820 La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en “la esperanza que no falla” (Rm 5, 5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme, que penetra… “a donde entró por nosotros como precursor Jesús” (Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: “Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1 Ts 5, 8). Nos procura el gozo en la prueba misma: “Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación” (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

1821 Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” (cf Mt 10, 22; cf Concilio de Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres [...] se salven” (1Tm 2, 4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo:

«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3)

La caridad

1822 La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

1823 Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).

1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15, 9-10; cf Mt 22, 40; Rm 13, 8-10).

1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos (cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a los pobres como a Él mismo (cf Mt 25, 40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7).

1826 Si no tengo caridad —dice también el apóstol— “nada soy…”. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma… si no tengo caridad, “nada me aprovecha” (1 Co 13, 1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Co 13,13).

1827 El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el vínculo de la perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

1828 La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19):

«O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda [...] y entonces estamos en la disposición de hijos» (San Basilio Magno,Regulae fusius tractatae prol. 3).

1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

«La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4).

III. Dones y frutos del Espíritu Santo

1830 La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

1831 Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

«Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana» (Sal 143,10).

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios [...] Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 14.17)

1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.).

Resumen

1833 La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien.

1834 Las virtudes humanas son disposiciones estables del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Pueden agruparse en torno a cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

1835 La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo.

1836 La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.

1837 La fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la práctica del bien.

1838 La templanza modera la atracción hacia los placeres sensibles y procura la moderación en el uso de los bienes creados.

1839 Las virtudes morales crecen mediante la educación, mediante actos deliberados y con el esfuerzo perseverante. La gracia divina las purifica y las eleva.

1840 Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por Él mismo.

1841 Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.

1842 Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.

1843 Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

1844 Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el “vínculo de la perfección” (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.

1845 Los siete dones del Espíritu Santo concedidos a los cristianos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

LA FE DE PEDRO – LA FE DE LA IGLESIA – LA FE NUESTRA

Escrito por mariaelena en General el 24-10-2012

0

El Credo

Símbolo de los Apóstoles Credo de Nicea-Constantinopla
Creo en Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
Creo en Jesucristo, su único Hijo,
Nuestro Señor,

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los
siglos: Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres, y
por nuestra salvación bajó del cielo,que fue concebido por obra y
gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,y por obra del Espíritu Santo se
encarnó de María, la Virgen, y se
hizo hombre;padeció bajo el poder de Poncio
Pilato
fue crucificado,
muerto y sepultado,y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció
y fue sepultado,descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre
los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha
de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a
juzgar a vivos y muertos.y resucitó al tercer día, según las
Escrituras,

y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;

y de nuevo vendrá con gloria para
juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.Creo en el Espíritu Santo,Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe
una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,Creo en la Iglesia, que es una,
santa, católica y apostólica.el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.Confieso que hay un solo Bautismo
para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.

 

 

YO CREO

Escrito por mariaelena en General el 24-10-2012

0

 

PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE

PRIMERA SECCIÓN 
«CREO»-«CREEMOS»

CAPÍTULO TERCERO
LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS

Resumen

  • 176 La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras.
  • 177 “Creer” entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua.
  • 178 No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo.
  • 179 La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo.
  • 180 “Creer” es un acto humano, consciente y libre, que corresponde a la dignidad de la persona humana.
  • 181 “Creer” es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre” (San Cipriano de Cartago, De Ecclesiae catholicae unitate, 6: PL 4,503A).
  • 182 “Creemos todas aquellas cosas que se contienen en la Palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia [...] para ser creídas como divinamente reveladas” (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 20).
  • 183 La fe es necesaria para la salvación. El Señor mismo lo afirma: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16,16).
  • 184 “La fe [...] es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará bienaventurados en la vida futura” (S. Tomás de A., Compendium theologiae, 1,2).

San Lorenzo – Diácono y Martir

Escrito por mariaelena en General, Los Santitos de Dios el 10-08-2012

Etiquetas:

0

Catedral de San Lorenzo, py

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN LORENZO EXTRAMUROS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Solemnidad de Todos los Santos
Domingo 1 de noviembre de 1981

 

1. “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Ap 7, 14).

Es uno de los ancianos que están ante el trono del Altísimo quien pronuncia estas palabras: las personas vestidas de blanco, a las que Juan ve con mirada profética, son los redimidos y constituyen una “muchedumbre inmensa”, cuyo número incalculable y cuya proveniencia es variadísima. La sangre del Cordero que se ha inmolado por todos, ha ejercitado en cada ángulo de la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esa “muchedumbre inmensa”. Después de haber pasado por las pruebas de esta vida y de ser purificados en la sangre de Cristo, ellos —los redimidos— están a salvo en el Reino de Dios y lo alaban y bendicen por los siglos.

Las palabras de la primera lectura de la liturgia de hoy expresan así la alegría escatológica de la salvación ya alcanzada, salvación que es participada por personas “de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). Es la alegría de todos los santos, que están de pie “delante del Cordero” y gritan con voz potente: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7, 9-10).

Por obra del Cordero, que quita los pecados del mundo, todos ellos participan de la santidad de Dios mismo.

“¡Amén! La bendición y la gloría y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amen” (Ap 7, 12).

Al participar de la santidad de Dios mismo, todos aquellos a quienes la Iglesia recuerda hoy como íntimamente asociados entre sí en la Comunión de los Santos (Communio Sanctorum), participan al mismo tiempo de la gloria de Dios. Y gozan de su gloria.

2. Entre ellos se encuentra el gran Santo a quien está dedicada esta histórica basílica: Lorenzo, diácono y mártir, del cual se gloría la Iglesia Romana, igual que la Iglesia Jerosolimitana se gloría de San Esteban, también diácono y protomártir. Escribió a este propósito San León Magno: El Señor “ha querido exaltar hasta tal punto su nombre glorioso en todo el mundo, que de Oriente a Occidente, con el fulgor vivísimo de la luz irradiada por los dos mayores diáconos, la misma gloria que le corresponde a Jerusalén por Esteban, le corresponde también a Roma gracias a Lorenzo” (Homilía 85, 4: PL 54, 486).

Verdaderamente Lorenzo, igual que Esteban, pasó “por la gran tribulación” y lavó sus vestidos volviéndolos blancos “en la sangre del Cordero” (cf. Ap 7, 14). La historia nos confirma lo glorioso que es el nombre de Lorenzo, como es glorioso su sepulcro, junto al cual estamos reunidos ahora y sobre el cual se levanta el altar papal. Su solicitud por los pobres, su generoso servicio a la Iglesia de Roma en el importante sector de la asistencia y de la caridad, la fidelidad al Papa Sixto II, fidelidad que le impulsaba hasta quererlo seguir en la prueba suprema del martirio y el heroico testimonio de su sangre, entregada a Cristo unos días después, son cosas universalmente conocidas, muy por encima de los detalles de la más conocida tradición iconográfica.

Realmente Lorenzo pasó por la “gran tribulación” y salió victorioso de ella, de manera que su memoria es bendita por los siglos. ¿Cuántas son las iglesias, las parroquias, las capillas, las localidades que en el mundo llevan su nombre? ¿Cuántas son las iglesias dedicadas a él en Roma? Quiero limitarme únicamente a esta basílica que, a distancia de tantos siglos y después de varias transformaciones e incluso destrucciones (por desgracia), nos lleva de nuevo con el pensamiento a aquella primitiva basílica que el Emperador Constantino “fecit… Beato Laurentio martyri via Tiburtina, in agrum Veranum” (Liber Pontificalis).

He dicho “destrucciones”, porque no puedo olvidar los gravísimos daños sufridos por este templo, como por toda la zona que le rodea del “Barrio San Lorenzo”, en el bombardeo del 19 de julio de 1943. Todavía está vivo el recuerdo de esa jornada dramática, cuando la blanca figura de Pío XII, acompañado por aquel que, después de 20 años, sería su sucesor con el nombre de Pablo VI, apareció inmediatamente entre la población aterrada y asustada, llevando consuelo, esperanza y socorro en medio de las ruinas aún humeantes. Ni olvido que esta misma basílica, siempre entrañable para los Romanos Pontífices, guarda en su hipogeo los restos mortales del Siervo de Dios Pío IX.

3. Y he aquí que, en este día solemne que hoy vive toda la Iglesia, Lorenzo, archidiácono y mártir, testigo heroico de Cristo crucificado y resucitado, parece hablarnos con las palabras de la primera lectura de San Juan: “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!” (I Jn 3, 1).

En el cumplimiento de la salvación eterna, en la gloria del reino celeste, se vuelve a confirmar y se realiza con definitiva plenitud lo que hemos aceptado mediante la fe: “ahora somos hijos de Dios” (1 Jn 3, 2).

Somos ya hijos de Dios mediante la gracia santificante durante el tiempo de la vida terrena al amparo de la fe. Pero todavía no se ha manifestado en plenitud lo que un día seremos. Cuando le veamos como es El, nosotros seremos semejantes a El, lo mismo que el Hijo es semejante al Padre.

Así parece hablarnos en esta venerable basílica, en cercanía directa con el Campo Verano, San Lorenzo, diácono y mártir romano, y juntamente con él, nos hablan hoy todos los santos.

Y después añadamos a estas palabras de San Juan un ferviente estímulo para todos nosotros, que en esta tierra “peregrinamos mediante la fe y la esperanza”. Parecen decirnos entonces: “Todo el que tiene esta esperanza en El, se hace puro como puro es El” (1 Jn 3, 3).

4. La solemnidad de Todos los Santos lleva consigo una llamada particular a la santidad.Debemos recordar que se trata de una llamada universal, es decir, válida para todos los seres humanos sin distinción de edad, de profesión, de raza o de lengua. Como los salvados, así también los llamados. Acoged esta llamada todos vosotros que formáis la comunidad parroquial del Pueblo de Dios que se reúne en la basílica de San Lorenzo. El día de la celebración de los Santos y de la santidad, es justa y oportuna esta llamada que, con el saludo más cordial, deseo dirigir ahora a cada uno de vosotros.

Está presente conmigo el señor cardenal Vicario de Roma, que siempre me acompaña en estas visitas pastorales, y con él está también el obispo auxiliar del sector Norte. Unido a ellos, hermanos y colaboradores míos en el Episcopado, reanudo esta llamada a la santidad, que brota de la íntima significación eclesial y espiritual de la festividad de hoy, y la repito de forma y en tono de vivísima exhortación a todos los fieles de la parroquia. Esta, con relación a otras parroquias de la Urbe, no es muy numerosa, pero cuántos problemas tiene y debe afrontar por la prevalencia en ella de los obreros y por su típica situación en las inmediatas cercanías del centro histórico, englobando en su ámbito —además del cementerio del Verano— importantes estructuras estudiantiles, clínicas y civiles.

Me dirijo, ante todo, al rvdo. párroco, a los vicepárrocos y a todos los hermanos de la comunidad capuchina, que están entregados en un delicado y no fácil trabajo: para ellos el camino de la santidad está vinculado no ya a la segregación del mundo, sino a un multiforme y muy exigente apostolado en favor de muchos fieles que se hallan, a veces, en situaciones precarias y están sometidos, en no pocos casos, a dispersiones y peligros. Yo les digo ¡ánimo!, asegurándoles mi aprecio, mi recuerdo y mi plegaria de comunión para ayuda de su trabajo que, precisamente a causa de las dificultades aludidas, es más meritorio y genuinamente evangélico.

Y recomiendo, después, a todos los feligreses que correspondan con generosa disponibilidad a estas atenciones de sus sacerdotes, reaccionando contra las insidiosas amenazas de descristianización y demostrando con su vida ser dignos de las tradiciones cristianas que se centran en el nombre glorioso del Santo titular de esta basílica. Efectivamente, la vocación a la santidad quiere decir poner en práctica, en la realización de la propia existencia, los ejemplos y las enseñanzas de Jesucristo. Así han hecho los santos, así debemos hacer todos nosotros.

5. En la solemnidad de Todos los Santos, pues, vivamos particularmente la presencia de Cristo, que se ha convertido en la causa de la salvación eterna para todos los que han acogido el mensaje de su Evangelio de la cruz y de la resurrección.

El mismo Cristo no deja de decirnos a nosotros que vivimos en este mundo: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mt 11, 28).

Que nuestro encuentro de hoy en torno a Cristo, el cual renueva en la Eucaristía su muerte y resurrección, pueda convertirse para todos —fatigados y oprimidos— en la fuente de la esperanza.

Que todos podamos encontrar en El el alivio y la gracia de la salvación eterna. Amén.

 

© Copyright 1981 -  Libreria Editrice Vaticana

San Roque González de Santa Cruz.

Escrito por mariaelena en General, Los Santitos de Dios el 10-08-2012

0

Templo de Cristo Rey Asunción

Imagen de Niños por la Vida

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Campo “Ñu Guazú” de Asunción ón (Paraguay) – Lunes, 16 de mayo 1988

 

“Oh Señor, Dios nuestro, 
qué admirable es tu nombre
 
en toda la tierra “
 ( Salmo 8, 2).

1. Queridos hermanos y hermanas y todos los de Asunción, Paraguay, hoy es un día de gran celebración para su país y para toda la Iglesia. Como sucesor del apóstol Pedro, tengo la alegría de celebrar esta Eucaristía, que se elevan a los altares a un hijo de esta querida ciudad de Asunción, el Padre Roque González de Santa Cruz – primer santo de este querido Paraguay – y sus dos hermanos Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, nacido en España, la primera y la segunda en Zamora en Belmonte (Cuenca), que, por el amor de Dios y los hombres, derramaron su sangre en suelo americano.

Todos dieron sus vidas en cumplimiento del mandato de Cristo de proclamar su mensaje “hasta los confines de la tierra” ( Hechos 1, 8). El poder liberador y salvífico del Evangelio ha hecho la vida en estos tres generosos sacerdotes jesuitas que la Iglesia en el día de hoy como modelos de evangelización. Su fe inquebrantable en Dios, alimentada en todo momento por una profunda vida interior, era la gran fuerza que sostenía a estos pioneros del Evangelio en América. Su celo por las almas les llevó a hacer lo que fuera en su poder para servir a los pobres y necesitados. Toda su encomiable labor en favor de esas poblaciones, por lo que necesitan ayuda espiritual y humano, todos sus trabajos y sufrimientos, tenían el único propósito de transmitir el gran tesoro de los cuales eran portadores: la fe en Jesucristo, salvador y liberador el hombre, el vencedor del pecado y la muerte.

Los pastores y todo el Pueblo de Dios que vive en Paraguay, así como las demás naciones hermanas de la Cuenca del Plata, cuyos signos están ahora representados entre nosotros, se enfrentan en estos nuevos santos, modelos y guías seguros en su viaje a Jerusalén, la patria celestial.El hecho mismo de ser adorado en todos los países del Sur de este continente de la esperanza no sólo indica la fuerza de una fe que no conoce fronteras, sino que debe empujar a estos países para promover una mayor percepción de la cristiana y en la activa la fraternidad, sobre la base de comunes raíces religiosas, la cultura y la historia.

2. “¡Oh Dios, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra” ( Salmo 8, 2), repetimos las palabras del salmo.

Glorificar el nombre de Dios, que nos ha enriquecido con estos evangelistas modelos, os saludo a todos los presentes y todos los que habitan estas tierras Paraguay. Saludo, asimismo, el Arzobispo de esta Arquidiócesis amado y su obispo auxiliar, todos los hermanos en el Episcopado del Paraguay y otros países vecinos que querían unirse a nosotros en esta liturgia, los sacerdotes, religiosos y religiosas, cívicas cuerpos y militares, y todos los fieles amado.

Saludo, en particular el superior de la Compañía de Jesús y todos los hijos de San Ignacio de estas regiones.

Hace un momento, en solicitar formalmente la canonización de los padres Roque González de Santa Cruz, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, se pasó revista a su vida santa, así como los méritos y virtudes de los cielos, donde el Señor quería ricolmarli . En ellos y en presencia de los frutos que se encontraban en su tarea de difusión de la verdad cristiana y de desarrollo humano reconocemos el verdadero signo de los apóstoles, cuya vida está sólidamente construida a imitación de Cristo.

1. “¡Oh Señor, nuestro Dios
cuán glorioso es tu nombre
en toda la tierra “( Salmo 8, 2).

“En su imagen creó al hombre” (“Prex Eucharistica”).

“Le has hecho poco menor que Dios,
la gloria y el honor que le coronó,
le han dado poder sobre las obras de tus manos “( Salmo 8, 6).

Toda la creación canta alabanzas a Dios todas sus obras son de las ofertas. Y, sobre todo, se levanta el hombre “un poco menor que los ángeles”, que tiene dominio sobre todas las obras de las manos del hombre a Dios, la criatura que se puede alabar a Dios con la conciencia, que pueden llegar a reconocer a través de obras de sus manos, cuando contempla “el cielo. . . la luna y las estrellas “( Salmo 8, 4).

Este hombre, que fue creado por Dios “a su imagen” ( enero 1, 27), en su “semejanza” ( enero 1, 26), es sin embargo capaz de olvidar y caer en el pecado, que es la peor clase de esclavitud.”Blinded en sus pensamientos, alejados de la vida de Dios” ( Ef 4, 18) – como St. Paul dice a los fieles de Éfeso – después de haber perdido el sentido moral es dada al libertinaje “cometer toda clase de impureza con la codicia insaciable” ( Ef. 4, 19). Es “el viejo hombre que está viciado detrás de los deseos engañosos” ( Ef 4, 22).

4. Sin embargo, el mismo Apóstol añade: “No habéis aprendido así a Cristo. . . en él se les ha enseñado que la verdad está en Jesús, para el que tenga que despedir a su antiguo yo de la primera, el hombre que está viciado por los deseos engañosos “( Ef 4, 22-23). “Cristo Redentor revela plenamente el hombre al propio hombre” ( n. 10). Sólo en Cristo, “el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor de su propia humanidad” ( n. 10).

Sentirse responsable de la necesidad de proteger la dignidad humana en ese momento en la historia, el Padre Roque González, el padre Alfonso Rodr í guez, su padre Juan del Castillo, y muchos otros cristianos, frente al enorme reto planteado por el descubrimiento del nuevo mundo llamado.Convencidos de que el Evangelio es un mensaje de amor y libertad, se esforzó por dar a conocer “la verdad en Cristo Jesús” ( Ef 4, 21) para todas estas tierras. En respuesta al llamamiento del Señor les invita a hacer discípulos de todas las naciones, la gente sólo quería repetir las famosas palabras de St. Paul a los Efesios:

“Que seáis renovados en el espíritu de vuestra mente y revestirnos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad” ( Ef 4, 24).

5. En su afán de ganar almas para Cristo, el Padre Roque, y sus hermanos viajaron todos los territorios del estuario del Plata a las cabeceras de los ríos Paraná y Uruguay, a la cordillera de Mbaracayú el Alto Paraguay, frente a todo tipo de dificultades y peligros. Incansable en la predicación, austero consigo mismo, el amor a Cristo y los indígenas los llevó a abrir nuevas misiones y la construcción de carreteras que facilitaron la propagación de la fe y las garantías a un nivel de vida digno para sus hermanos. Itapúa, Santa Ana, Yaguapoa, Concepción, San Nicolás, San Javier, Yapeyú, Candelaria, Asunción y Todos los Santos Yjuhí Caaró son nombres de lugares han hecho historia por estos santos. Lugares donde se promueve un desarrollo que se extendió a las “dimensiones culturales, trascendente y religiosa del hombre y la sociedad” ( Sollicitudo rei socialis , 46).

Toda la vida de su padre Roque González de Santa Cruz y su compañeros mártires estuvo marcado totalmente por el amor: amor a Dios y, a través de él, a todos los hombres, especialmente los más necesitados, los que no conocía la existencia de Cristo no había sido liberado por su gracia redentora. Los frutos no se hicieron esperar. Como resultado de su actividad misionera, hubo muchos que dejó a los cultos paganos para abrir a la luz de la fe verdadera. Bautismos éxito sin interrupción, y continuó incluso después de su muerte a entender multitudes. Junto con la administración de los sacramentos, jugó un papel verdades principales de educación sistemática y accesible de la fe. Floreció en la misma forma que la vida litúrgica: los bautismos solemnes, procesiones eucarísticas y una piedad popular de toda sus raíces en la doctrina: las congregaciones marianas, fiestas patronales de San Ignacio, Música Sacra. . .

Al mismo tiempo, el trabajo de los padres jesuitas hicieron posible que el pueblo guaraní, se mueve en unos pocos años de un estado de semi-nómadas de la vida a una cultura única, una idea original de los misioneros y los nativos.

6. Así comenzó un notable desarrollo de la agricultura urbana, y la ganadería. Los indígenas fueron educados en las prácticas agrarias y la ganadería. Los estudios y las artes florecieron, de los cuales todavía permanece en los numerosos monumentos en el testimonio. Las iglesias y las escuelas, casas para las viudas y los huérfanos, hospitales, cementerios guaraníes, molinos, graneros y otras obras civiles y servicios aumentó en unos pocos años más de treinta pueblos y ciudades a través de su tierra y también en las regiones vecinas.

Mediante la palabra y el ejemplo de tantos santos varones, los aborígenes también se convirtieron en pintores, escultores, músicos, artesanos y fabricantes. El sentido de solidaridad alcanzado creado un sistema de membresía que combina las propiedades de la familia de la tierra y de la comunidad, asegurando la existencia de toda la ayuda a los más necesitados. Hemos navegado y explorado los ríos grandes. Se llevaron a cabo descubrimientos geográficos y científicos y ha ganado a los territorios de la civilización y la fe inmensa. Con la sabiduría que da la vida en Cristo y movido sólo por los valores del Evangelio, el P. González de Santa Cruz fue capaz de ganar el respeto y la consideración tanto de los caciques indígenas de Europa Asunción y Río de la Plata. Su sentido de la justicia – vivió en el primer lugar con Dios – lo llevó a levantar la voz en defensa de los derechos de los indios. Junto con otros miembros del clero en la región fue capaz de eliminar y mitigar los abusos cometidos en este parece ser el continente. Se formó como una legislación ejemplar en un ambiente de concordia y la armonía, que hizo posible la fusión de las características étnicas y culturales de este país.

7. “¡Oh Señor, nuestro Dios
cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!

Por encima de los cielos levantará su magnificencia,
. . . valer su fuerza en contra de sus enemigos,
para silenciar a los enemigos y rebeldes “( Sal 8, 2-3).

La inmensa labor de estos hombres, todo este trabajo de evangelización de los pueblos guaraníes fue posible gracias a su unión con Dios, San Roque y sus compañeros siguieron el ejemplo de San Ignacio codificada en su constitución: “Los medios que unen a la instrumento de Dios y tienen que ser guiados por la mano divina son más eficaces que aquellos que se vuelven hacia los hombres “(S. Ignatii de Loyola” Constitutiones Societatis Jesu “, 813). Así que estos nuevos santos vivían en que “la familiaridad con Dios, nuestro Señor” (S. Ignatii de Loyola “Constitutiones Societatis Jesu”, 813), que el fundador quería un sello distintivo de los jesuitas. Radicarono día a día su trabajo en la oración sin permiso por cualquier razón. “A pesar de todos los compromisos que teníamos – Roque escribió a su padre en 1613 – nunca hemos fallado a retirarse y las obligaciones de nuestra vida” (, Día 08 de octubre 1613 “Epist.”.).

8. La liturgia de hoy, queridos hermanos y hermanas, nos lleva a la Sala Superior: donde escuchamos las palabras de Cristo: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. . . En esto conocerán todos que sois mis discípulos “( Jn 13, 34-35).

San Juan también ha enviado estas palabras de Cristo: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” ( Jn 15, 13). Estas palabras nos dan la clave para entender la vida cristiana capaz de auto-sacrificio con el martirio. Eso debemos amarnos los unos a los otros como un modelo que tiene el amor de Cristo para los hombres. Las páginas del Evangelio están llenos de este amor.

Jóvenes y viejos, educados e ignorantes, y no los propietarios, los justos a los pecadores y siempre tendrá un corazón cálido de amor de Cristo. Colgado de la cruz, justo antes de morir, le dio el supremo testimonio de amor perdonando a aquellos que crucificaron a él (cf. Lc 23, 34). El apóstol Juan, el discípulo amado en su evangelio nos ha conservado el mandamiento nuevo del Señor, señalando lo que es la mayor prueba de amor (cf. Jn 15, 12-13).

El Padre Roque González de Santa Cruz y su compañeros mártires había entendido y experimentado sin duda esta enseñanza. Para esto fueron capaces de dejar la vida pacífica de la casa de la familia, su entorno y actividades que eran miembros de sus familias para mostrar la grandeza de Dios y hermanos. Ni los obstáculos de la naturaleza salvaje o la falta de comprensión de los hombres ni los ataques de los que vinieron de aquellos que vieron en su evangelización un peligro para sus intereses, fueron capaces de intimidar a los campeones de la fe. Su entusiasmo los llevó al martirio sin reservas. Una muerte espantosa intentado alguna vez con gestos arrogantes de desafío. En los pasos de los grandes evangelistas fueron humildes en su perseverancia y fidelidad en sus esfuerzos misioneros. Ellos aceptaron el martirio a causa de su amor, ennoblecido por una gran fe y esperanza inquebrantable, incluso en la cara no podía sucumbir a los golpes de sus verdugos.

Por lo tanto, como testigos del mandamiento nuevo de Jesús dio prueba de su muerte, la grandeza de su amor.

9. El corazón incorrupto del padre Roque González de Santa Cruz es una imagen viva del amor cristiano puede superar todas las limitaciones humanas, hasta su muerte.

Hoy en día, el día de su canonización, el padre Roque González de Santa Cruz está presente de una manera especial entre ustedes. No sólo es un paraguayo, sino un hijo de su ciudad de Asunción, pastor de la Catedral, el ejemplo de los jesuitas, muy querido por su gente. Él vuelve a ti y habla de nuevo:

- Para le instamos a seguir viviendo su fe, que la fe en Cristo que los nuevos santos que pasaron por su vida e hizo fecunda con su sangre;

- Para animamos a hacer esta fe realmente operativa. Deja que tu amor hacia Dios y dan fruto, hable con el amor al prójimo puede tirar todas las barreras de la división y crear un sentimiento de verdadera solidaridad y la caridad en el Paraguay de nuestros días;

- Para Le invitamos a ser fiel a las auténticas tradiciones culturales de su gente y su tierra, impregnadas con el sentido de la piedad cristiana auténtica;

- Para dar un ejemplo de amor a la Virgen María, que le guiará en su vida mientras conducía a los pasos de San Roque en su peregrinación apostólica en medio de ti.

Los católicos de todo el Paraguay y Asunción no ser sordos a esta entrada. Es la primera santa de su país. Estuvo aquí entre vosotros, como muestra de su amor sin límites. No es que sus trabajos vano! Dar la alegría de su corazón para ver que amar como Cristo nos amó!

10. Jesús dice a sus discípulos en la Última Cena: “Hijos míos todavía no están con usted, voy a intentar. . . pero donde yo voy, vosotros no podéis venir “( Jn 13, 33). “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. . . Voy a prepararos un lugar al que voy y voy a prepararles un lugar, volver a llevarte conmigo, porque también puede ser lo que soy “( Jn 14, 2-3).

Cristo ha abierto las puertas del cielo. Él es el primogénito de entre los muertos y el primero de los que se levantan. La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, tiene la cabeza en el cielo con Cristo, y ya hay muchos de sus miembros. Se trata de la Iglesia Triunfante, descrita por San Juan en el Apocalipsis:

“Yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. . .. ”

“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, morará con ellos y ellos serán su pueblo y él será” Dios-con-ellos “( Apocalipsis 21: 2-3).

Allí, disfrutando de la visión de Dios, son todos aquellos que se fueron “del viejo hombre con la realización de la primera” ( Ef 4, 22), de St. Paul, que habla, y que siguieron su consejo: “que seáis renovados en el espíritu de su mente y revestirnos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad “( Ef 4, 24). No son todos aquellos a quienes el Señor, juez justo, dirá: “Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” ( Mt 25, 34). Son todos aquellos que han seguido el camino” angosto que conduce a la vida “( Mt 7, 14) rechazar la “puerta ancha y el camino ancho que lleva a la perdición” ( Mt 7, 13).

11. Entre los que ya disfrutan de la visión de Dios, la Iglesia canonizó a algunos, que los propone como modelos de santidad para todos los cristianos. Cada vez que esto sucede, toda la iglesia se llena de alegría, porque uno de sus hijos recibió el premio prometido por Cristo. Cada vez que esto sucede, cada cristiano tiene un corazón lleno de esperanza, de su hermano – con todas las limitaciones de la naturaleza humana – “ha seguido su curso” ( 2 Tim 4, 7), ha “guardado la fe” ( 2 Tm 4, 7).

Esta canonización de tres mártires jesuitas es también una fuente saludable de orgullo para toda la Compañía de Jesús, Roque González es uno de los primeros jesuitas en el nuevo continente y Alfonso Rodr í guez y Juan del Castillo, pertenecen a ese grupo de hombres generosos que, en respuesta a la llamada de Jesús para unirse a la sociedad, llevó a Cristo en todo el mundo.

12. “Oh Señor, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra” ( Salmo 8, 2).

La Virgen es, para nosotros, un modelo de santidad. San Roque González de Santa Cruz, San Alfonso Rodr í guez y San Juan del Castillo, como San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, son ejemplos de ferviente devoción a la Santísima Virgen María-que en su deseo de ganar almas para Dios, invocados con el título de “Virgen Conquistadora”.

La fe de tu pueblo y el celo de los primeros evangelistas han dejado un testimonio elocuente de la devoción a María en la multitud de advocaciones marianas que pueblan la geografía y las regiones circundantes.

Sin la intensa piedad mariana y en la práctica, especialmente el rezo del rosario, hubo tantos frutos apostólicos para la que hoy damos gracias a Dios

Que la intercesión de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé nos obtenga la fidelidad a su Hijo, por lo que finalmente puede obtener toda la nueva Jerusalén, donde “no habrá muerte ni llanto, ni clamor, ni dolor” ( Apocalipsis 21, 4 ).

“Yo vi la santa ciudad” ( Apocalipsis 21: 2) la morada de Dios con los hombres. . . “Ellos serán su pueblo y él será el” Dios-con-ellos “( Apocalipsis 21, 3). “Un cielo nuevo y tierra nueva” ( Ap. 21, 1), “porque las primeras cosas pasaron” ( Ap 21, 4).

Que así sea.

© Copyright 1988 – Libreria Editrice Vaticana

San Roque González de Santa Cruz

Escrito por mariaelena en General, Los Santitos de Dios el 10-08-2012

Etiquetas: ,

0

Templo de Cristo Rey Asunción

Imagen de Niños por la Vida